Rafael Orozco, 30 años de la muerte de un ídolo que sus seguidores no olvidan.


Si Rafael Orozco Maestre viviera tendría 68 años, y probablemente su carrera musical acumularía varios Grammy Latinos, celebraría que sus canciones se escucharan en Spotify.

Además, tal vez artistas del momento como Shakira, Alejandro Sanz, Maluma, Camilo se lo disputaran para las tan de moda “colaboraciones musicales”, el actual recurso comercial de este negocio, cantar a varias voces entre grandes intérpretes.

De ese tamaño era la importancia musical de un cantante que en 1992 disfrutaba de uno de los instantes más llenos de gloria dentro del folclor vallenato; y que un 11 de junio, hace 30 años, fue asesinado de 9 balazos por un sicario que le disparó casi a quemarropa.

A Orozco lo mataron en el momento menos esperado, cuando permanecía relajado y feliz en su casa del barrio Villa Santos, calle 96A con carrera 47,  norte de Barranquilla, preparándose para la celebración íntima del cumpleaños de Kelly Johana, la mayor de sus tres hijas.

Allí estaba rodeado de su esposa Clara Cabello y de sus otras dos hijas Wendy y Loraine.

El asesino llegó en un automóvil particular, y aprovechando la penumbra de la noche (9:42 p:m); se agazapó y disparó contra el cantante que atendía a las puertas de la vivienda a dos conocidos suyos, Alfonso Ariza De la Hoz y Francisco Manuel Corena.

Los dos habían llegado a la residencia familiar de Orozco a pedirle el préstamo de unos instrumentos musicales, dicen unos, y otros que a pedirle un avance de dinero.

Ambos eran colaboradores de El Binomio de Oro, la encumbrada agrupación de música vallenata de la cual Rafael Orozco era voz líder, y que fundó en 1976 junto al acordeonista Israel Romero, su entrañable amigo y compadre.

Ese jueves 11 de junio de 1992 Orozco había regresado a su hogar en Barranquilla, tras una exitosa gira artística por Venezuela, la cual había concluido la víspera en Cúcuta.

Su muerte e inicio de la leyenda

En estado agónico por la abundante pérdida de sangre tras los disparos del pistolero, Orozco fue trasladado en el vehículo de un vecino a la Clínica del Caribe, pero cuando recibía las primeras atenciones médicas se produjo su deceso.

En instantes la dolorosa noticia de la muerte del ídolo asesinado se difundió por todos los rincones de la ciudad, de la Costa Caribe y del país, en épocas en que las redes sociales ni siquiera despuntaban en medio de los avances de la tecnología.

Las grandes cadenas nacionales especializadas en la información diarias interrumpieron sus espacios para dar la “noticia de último minuto”“Asesinado en Barranquilla Rafael Orozco, la voz del Binomio de Oro”.

Hubo conmoción nacional, y al tiempo que se difundía el hecho por los medios de comunicación, además del voz a voz que corría incontenible por todas partes, todos se hacían las mismas preguntas: “¿quién lo mató?”, “¿por qué lo mataron?”

A muchos les costaba creer que un hombre en el cénit de la fama, en la cresta de la ola de su arte, con su carisma personal y artístico, hubiese tenido un final de esta manera sangrienta.

Era la marca criminal que desde antes, entonces y ahora, recorre el país: el sicariato ciego y cobarde convertido en negocio criminal servido al mejor postor.

Se mata al que sea, con tal de que haya una paga. Eso basta y sobra, no hay escrúpulos para apretar el gatillo.

Las autoridades tenían sobre sus espaldas la responsabilidad oficial de esclarecer el lamentable episodio, pero también cargaban la exigencia ciudadana que clamaba justicia por la muerte violenta del idolatrado cantante de inolvidables temas como ‘Relicario de besos’, ‘La Creciente’, entre otros tantos.

Comenzó una cacería de brujas con capturas aquí y allá, pero que nunca llegaron a esclarecer el homicidio y poner a los responsables tras las rejas.

La versión de la Fiscalía de la época se refería que lo mataron por la disputa de los amores de una joven y agraciada mujer barranquillera.

Que un mafioso residente en Medellín, despechado porque la chica prefirió a Orozco y rechazó sus amores y millones, lo llevó a ejecutar a él mismo el crimen.

Del sujeto después se dijo que fue asesinado en la capital antioqueña, y sus restos reposan en Cartagena, de donde era oriundo.

Así se divulgó por años hasta que la revista Semana, de circulación nacional, publicó una entrevista del que dijo ser el sicario que acribilló a Orozco.

La versión romántica del amorío de Orozco versus el odio del amante rechazado, tomó otro giro, se desdibujó y el entrevistado se refirió a una supuesta relación de Orozco con un narco local, al que le traía de Estados Unidos cantidades de dólares que escondía en por lo menos una docena de acordeones, que utilizaban en sus actuaciones.

Dice también la publicación que el cantante recibía una comisión del 15 por ciento de los dólares que ingresaba ilegalmente, y que previo a las semanas del asesinato estaba exigiendo un incremento en el porcentaje, que el capo no estaba dispuesto a darle.

Agrega la revista Semana que en ese tira y afloja se perdieron dos acordeones con dólares, lo que enfadó al narcotraficante y sentenció de muerte a Rafael Orozco, por no devolver el dinero desaparecido.

Esta hipótesis no tuvo reacción judicial conocida, y quedó en los archivos de la publicación semanal sin que hubiese sido desmentida, al menos de manera pública y conocida.

Esta versión se mantiene vigente en redes sociales como YouTube, y en múltiples archivos web, al alcance de cualquiera que la consulte.

Su legado

La memoria de Rafael Orozco Maestre se mantiene intacta entre sus seguidores, que le celebran el cumpleaños los 24 de marzo y conmemoran su muerte los 11 de junio.

Canciones tales, ‘Mi novia y mi pueblo’, ‘Nostalgia’, ‘El llanto de un rey’, ‘El Higuerón’, ‘Solo para ti’, para mencionar algunas, se escucharán en estaciones de radio y en las plataformas de última generación digital.

Rafael Orozco marcó un hito en la música vallenata, fue un revolucionario que entronizo el romanticismo máximo en folclor, lo cual despertó muchas controversias entre los puristas ligados al vallenato bucólico y tradicional.

Su experimento resultó un fenómeno en ventas no solo en el país sino a nivel internacional, “vistió de frac” el vallenato, afirmaban orgullosos sus seguidores, y de verdad que le dio otra rítmica que aún sigue imponiéndose y no ha podido ser copiada.

Rafael Orozco era oriundo de Becerril, Cesar, pero desde que comenzó a saborear las mieles del éxito hizo de Barranquilla su ciudad de residencia, donde granjeó grandes amistades que lo admiraban no solo por su calidad artística, sino por su don de gente buena de provincia, que llega a la gran urbe.

En Barranquilla se destacó como un hincha furibundo del equipo Junior, e incluso un dije de oro que lucía en una cadena colgada en el pecho, en la que aparece en varia carátulas de sus discos, era la representación del escudo del cuadro Tiburón.

El sepelio de Rafael Orozco fue uno, si no acaso el de mayor concurrencia registrado en Barranquilla.

Una multitud cargó en hombros el féretro desde la catedral hasta el antiguo cementerio Jardines del Recuerdo. Paz y mucha música en su tumba.